Hace pocos días, con el hervor de la Feria del Libro de Madrid 2013, publiqué en EL PAÍS un artículo sobre el (buen) apetito de las editoriales a la hora de editar libros gastronómicos, Cultura gastronómica en su punto.
Vamos ahora más allá de las recetas. Hay publicaciones de todo tipo, superespecializadas, lujosos libros de autor -editados en español y en inglés, porque la cocina española tiene amplia audiencia internacional-, sorprendentes ensayos (con un lenguaje directo que atrapa) como La importancia del tenedor o El secreto de la cocina japonesa. Lo astringente y la comida fantasma.
Atraen la historia como ingrediente, la ciencia y la cocina, las dietas con ecomilagro (como La encima prodigiosa) también atrapan las gastronovelas… y, sobre todo, los libros que el sector llama oportunistas, de personajes mediáticos (no siempre cocineros) y que precisamente dan oportunidades al negocio porque atrapan a un público hambriento de los brillos que aparecen en las pantallas.
La comida y la bebida venden, tienen un chaleco antibala-anticrisis. Mejor dicho, tienen chaquetilla de chef. Y si es de llamativos colorines mejor. El chef madrileño Alberto Chicote ha logrado atraer en sus días de firma del libro Pesadilla en la cocina a constantes hormigueros de gente, para envidia de los literatos habituados a las jornadas masivas de autógrafos. Y los libros de las recetas de la versión española de MasterChef se agotaron a los pocos días de la feria. El masterchefismo es una tendencia, sí, en este país de consumo rápido y fast food cultural. Y nos ha dado por la repostería creativa (nos ha seducido con sus cupcakes Alma Obregón, otra superventas). También tenemos pasión por amasar panes, por sorprender con los gin tonics y rizar el rizo de la coctelería… Nos hemos vuelto gourmets, foodies, sibaritas porque sí,
Quiero pensar que a través de la moda de los posibles talentos culinarios el talento casero se incentive y el personal se lance a cocinar, más que a calentar pizzas en el microondas. Pero hay efectos colaterales perniciosos en ese furor por el espectáculo culinario cocinado en televisión. Lo comprobé en la Feria del Libro y lo cuento en esta versión completa de mi artículo (ya se sabe que en las páginas de los periódicos no cabe todo, no se estiran como chicle). Que aproveche!
El creciente apetito por la cultura gastronómica
“¡Mira, un libro de Subijana, ¿ese señor fue un invitado en MasterChef no?”. Es el comentario de un chico a su pareja mientras curiosean en la caseta de Apunto, una librería gastronómica, en la Feria del Libro de Madrid. Una de las libreras reacciona y les cuenta quién es “ese señor”, les enseña la bibliografía disponible del cocinero vasco y de paso les muestra obra de otros cocineros (los de Arzak, el de Mugaritz, el de El Celler de Can Roca “que son los mejores del mundo”). La pareja insiste en preguntar por el libro de MasterChef . “Está agotado ahora”, dice la librera y les deja en sus dudas para atender a un cliente conocido, que pide “un libro en inglés” de Julia Child, la famosa cocinera y escritora estadounidense (Mastering the Art of French Cooking). Al rato, un joven estudiante de hostelería arrasa con “gangas a cuatro euros” de una colección sobre las cocinas del mundo.
Pero está claro que el público masivo come con los ojos. La tele provoca superventas. Alberto Chicote y su Pesadilla en la cocina y el teleconcurso de talentos culinarios MasterChef han arrasado. Largas colas de firmas, cientos y de ejemplares vendidos, ediciones agotadas… Un gol para Planeta, con diversas gastrocolecciones. La Feria del Libro ha sido un termómetro de la gastrolectura: los consumidores voraces de éxitos y libros oportunistas, al hilo de modas y personajes mediáticos, y los buscadores de cultura gastronómica –público en general y profesionales de la cocina- que quieren profundizar, ilustrarse, alimentar conocimientos.
Precisamente estos lectores abren un camino que también nutre a las editoriales, tanto a las generalistas como a las especializadas. Aunque el consumo general de libros se ha retraído, la cosecha de 2013 de literatura culinaria ha dado buenos frutos, dicen los editores y libreros especializados consultados. Incluso, un hit gastronómico aporta marcha al negocio. Como ha sucedido con Objetivo: cupcake perfecto, de la bloguera y responsable de una escuela de repostería creativa Alma Obregón. Unos 37.000 ejemplares para el recuento de El País Aguilar, que que cuenta con una colección dulce, Chic&Delicious, que integra autores internacionales, además de su best seller nacional. Objetivo: tarta perfecta, presentado en la feria a finales de mayo, ya va por los 4.000 ejemplares, asegura Maite Suñer, editora de El País Aguilar. “La gastronomía es un mercado importante, que supone unos 25 millones de euros anuales. Ayuda a un sector que está sufriendo mucho con la crisis”, añade. El creciente interés por la gastronomía, la compra de libros para aprender a cocinar porque ya no enseña la madre ni la abuela y el guisar en casa y con amigos para ahorrar son factores que “a los editores les viene bien”. Y también les viene bien “el fenómeno de los blogueros populares”, como la citada Obregón, El Comidista o Falsarius Chef. Los escritores gastronómicos 2.0 también incentivan las ediciones en versión digital y multimedia.
Los cocineros mediáticos venden. La comida de la familia, de Ferran Adrià, “lleva más de 180.000 ejemplares vendidos. Hace unos diez años ya decidimos apostar por la gastronomía española ”, dice Anik Lapointe, de RBA, editorial introductora en España del chef británico Jamie Oliver, distribuidora de los libros de elBulli y de la versión en castellano de títulos de Phaidon como Mugaritz. Conscientes del impacto internacional, las estrellas de la cocina publican ahora sus libros de autor en inglés y español (Los Roca, Josean Alija…)
Otro plato fuerte editorial, los recetarios, siguen teniendo tirón. Lo prueba la continua edición desde 1972 de la biblia culinaria de Simone Ortega 1080 recetas de cocina (Alianza). “Si se hicieran tantas recetas como se compran, el panorama de la cocina casera en España cambiaría”, ironiza la periodista gastronómica Ana Lorente, una de las responsables de Apunto, sobre la voracidad por los recetarios. Pero ya van abriéndose un hueco los libros de filosofía y de historia culinaria, para digerir el conocimiento, no para mancharlos de grasa en los fogones. Un ensayo, editado por Turner, La importancia del tenedor, de la periodista Bee Wilson (responsable de la columna The kitchen thinker en The Sunday Telegraph), figura entre las novedades bien vendidas de esta feria. “Es una historia cultural de las cocinas, de las vidas cotidianas. Un libro muy bien narrado y con capacidad de comunicación”, opina Pilar Álvarez, de Turner. “Nos interesa un lector con curiosidad, con cierto nivel de indagación, y este perfil está en aumento. Este tipo de libros se pueden leer igual ahora que dentro de cinco años”, subraya. Coincide en ello Lapointe: “Una de las características de los libros gastronómicos es que siguen vivos largo tiempo, son longsellers”.
Y esa apuesta a largo plazo, por los libros de reserva que envejecen bien y se saborean fuera de tiempo, es la razón de existir de Trea, una editorial asturiana que desde 2003 se empeña tenazmente en las apuestas arriesgadas. “Aunque no vendamos”, dice su responsable, Álvaro Díaz Huici. En el fondo de su colección La comida de la vida hay 60 libros: ensayos, monográficos, recuperaciones de autores antiguos… Uno de estos rescates para bibliófilos, 36 maneras de guisar el bacalao (escrito en 1901 por Manuel María Purga y Parga Picadillo) ha sido el más vendido, cuenta Díaz Huici. La historia de la alimentación, de Jean Louis Flandrin y Massimo Montanari, define su obsesión por “divulgar con tenacidad y constancia la gastronomía como hecho cultural”. Aunque su labor de “arqueología culinaria” no conquista masas, a veces “damos en la diana con las modas”, dice. Ocurrió con La cerveza… poesía líquida. Un manual para cervesiáfilos, de Steve Huxley.
“El libro que más vende no es siempre el que más dura. La literatura gastronómica es de largo recorrido”, confirma Arancha Miralles, responsable de la pionera gastrolibrería Aliana. “Cuando empezamos, hace 22 años, había un estante. Ahora hay un montón de producción, en castellano y en otros idiomas, y con libros muy especializados: cómo preparar gin tonics, cómo elaborar pan… también novelas gastronómicas… Vamos más allá del recetario”, cuenta Miralles. Además de surtir en su espacio madrileño, Aliana ha extendido una mesa literaria por Internet: “Hay mucha demanda de libros españoles de gastronomía en América Latina, Estados Unidos y Japón”. Nacional y global, pues, el interés de la audiencia sigue distintos aromas de la cultura alimenticia.

































